Reminiscencias VIII

Famosa ha sido siempre la cocina típica de Soacha, pero hay personas y comidas de la tierra que son de suma importancia señalar. Y para que nuestros lectores comiencen a chuparse los dedos, debo empezar por Julia Escobar.


Recuerdo que había montado su negocio en el local conocido como “La Violeta”, propiedad en ese entones de Conchita Medina, señora esta que no tenía en el pueblo persona alguna que no la quisiera con especial cariño. Estaba ubicado en la esquina nororiental de la calle 13 con la carrera 7ª, frente a la casa de “Las Cabas” bien conocidas por todos los soachunos. El fin de semana con Julia era una bendición de Dios, cuando a eso de la una de la tarde y hasta cerca de las nueve de la noche se percibía en el ambiente, por quien afortunadamente pasara por allí, un exquisito olor a sobrebarriga frita, único y propio de la cocina de ella, que impedía al caminante continuar su marcha desprevenida, pues, si era justo consigo mismo debía entrar de inmediato y pedir un pedazo del exquisito manjar, que apuraba con la famosísima papa sabanera, vendida por la dueña del local, y el ají casero de chivatos, cebolla y cilantro picado, que era el complemento del plato del que jamás podría separarse. Y si se era justo con los demás, debía llevar a su esposa e hijos, por lo menos tres pedazos más que eran suficientes para zanjar cualquier diferencia que existiera con ella y, en el mejor de los casos, a que pasado el tiempo se hubiese aumentado la familia, porque había que devolver con creces el lenitivo regalo del marido.

Y todos salían ganando, porque quienes allí estaban, después de saborear el exquisito plato, se quedaban con los demás contertulios libando una y otra “pola” mejorando las entradas de “Las Petras” cuando la tienda era de ellas o de Genoveva Rojas quien las reemplazó.

Desgraciadamente Julia falleció, pero la sucedió su hija Evidelia, con lujo de detalles, pero también murió, privando a Soacha de una sabrosísima tradición culinaria.

Sobra la misma carera 7ª y casi frente de “La Violeta” estaba el Restaurante de Adelina, hermana de Julia, a quien me referí anteriormente, que preparaba una sopa de arroz y unos tamales que, al decir de un célebre soachuno, parecían hechos en los Estados Unidos.

Pero había un plato que era superior a todos, y que hacía que sábados y domingos fuera casi imposible conseguir una mesa para poder acomodarse a degustarlo. Se trata de la famosísima Torta de menudo, que hizo carrera en propios y extraños, pues cuando alguien se acercaba a la cocina y observaba, en grandes latas acabadas de sacar del horno, semejante manjar, hacía que hasta el más grande pecador se arrepintiera de sus culpas, para que, de inmediato, se le concediera la oportunidad de probar tan sin igual regalo de los dioses.

Pero si alguien no lo conseguía por haber llegado tarde, parado en la esquina del Restaurante, se moría de ira cuando veía salir de él a Luis Pompilio, más conocido como Cañas, el hijo de Adelina, cargado de talegos llenos de comida, preparada por ésta, incluida la torta y esperando muy cerca un bus que lo llevara a Bogotá, en donde un unión de Betty, daría buena cuenta de semejante regalo del cielo.

Y no se olviden del domingo, con la tradicional sopa de arroz. La suerte quiso regalar a los vecinos del pueblo la existencia de una buena y gran mujer que durante toda su vida se dedicó a prodigarnos lo mejor de la cocina criolla, y que se fue del mundo, seguramente, disfrutando del recuerdo de haber suministrado a Soacha la mejor comida de la Nación, desde su pequeño pero inolvidable Restaurante y, estoy seguro, que ninguno de sus habitantes dejó de visitarlo alguna vez.

Preparaba Dominga Mayorga aquella tradicional sopa dominguera con tanto cuidado y especiales condimentos, que sumados al tradicional menudo, callos cortados en pequeños trozos y los infaltables garbanzos, le proporcionaban un exquisito sabor que perduró hasta hace poco tiempo, en su Restaurante de los alrededores del puente que da salida a Canoas, pues falleció después de más de setenta años, cuando su edad ya no le permitió seguir en una actividad que significó la permanente alegría del paladar de toda Soacha.

Pero existieron también otras fieles cultoras de la culinaria que vendían este singular plato, que vengo refiriendo, en los días domingos. Una, en un toldo que ubicaba casi frente a la Alcaldía, cuando, el mercado semanal tenía lugar en lo que es hoy el Parque Principal, o Plaza de la Constitución. Fue tanto el éxito de la sopa de arroz que Mariana de Rincón vendía, que se le acomodó como sobrenombre el de este tradicional plato, y así se le conoció siempre a esta señora, que todavía se le menciona por él, entre los naturales del pueblo, pese a que desapareció hace ya muchos años.

Las otras dos personas que debo mencionar aquí son las hermanas Inés Vásquez de Escobar y Rosalía Vásquez de Martínez, que también la producían en sus Restaurantes del Parque Principal, en una sin igual competencia, con los otros, que francamente no se podría decir cuál era la mejor. De allí salían, a la hora del almuerzo, todos los domingos, los niños de ese entonces, hombres maduros de hoy, con la tradicional olla de aluminio, y apuraban el paso para llegar a su casa en donde los esperaban sus padres y hermanos para degustar el exquisito plato, junto con el tradicional plátano habano y el llamado “seco” preparado por la madre. Ambas desaparecieron ya, pero dejaron el recuerdo de haber participado en la competencia de la mejor cocina que, naturalmente, no fue únicamente la sopa de arroz.

Si de la comida exquisita he venido tratando, no sería justo ignorar a una anciana conocida como mi sía Felisa que vendía más la llamada “pega” del arroz que cualquiera otro plato de su inmenso repertorio culinario. Esta “pega” era lo que quedaba prendido a la olla donde se cocía y que, seguramente, por la forma de condimentarlo era lo mejor de este alimento que contaba con una inmensa clientela que llegaba a su negocio pasada la hora de la comida a comprarlo y que vendía, según la cantidad, entre los dos y cinco centavos de la época. Murió, y dejó el negocio a su hija y nietas, de las que solo una de ellas vive.

Vamos a la calle 13, en el sector comprendido entre las carreras 6ª y 7ª, que era algo así, si se me permite la comparación, como el Temel, aquel Restaurante bogotano, pero de la comida típica soachuna, junto con los demás negocios que ya he anotado.

Encontramos allí, uno de los más conocidos establecimientos del género que venimos tratando, no solo de Soacha sino de Bogotá, en su época, pues hasta el conocidísimo hombre de la radio de aquellos años “Nicéforo” lo nombraba permanentemente en las grabaciones de los programas de rumba criolla que pasaba y en los que hacía referencia a la tienda de las “Cabas”, pues funcionaba en un sector de la casa de Cristina y Cleofe Rincón conocida por todos con este remoquete que llevó también su hermano “El Cabo Luis”.

En ese inmenso local y patio interior, funcionaba el piqueteadero de Celia Escobar que, para la época, era el centro de reunión de los turistas bogotanos y de las personas que, por cualquier razón, acudían al pueblo. Allí, como lo deben estar recordando los soachunos de edad madura, se vendían los famosos huesos y patas de marrano y el imprescindible chicharrón tostado, el que se complementaba con papa y grandes tajadas de yuca y se pasaba, según la condición social del visitante, cervezas como Germania, Bohemia, Bavaria o Cabrito, distribuidas por Cayetano Gallo, esposo de Celia, y Pita o Chicha, esta ‘ultima en jarros que, según su cantidad, eran un medio o uno de pantalón rayado, pero que, en cualquiera de los casos, los campesinos del Páramo, San Jorge Fusungá, San Raimundo o Sibaté llamaban su contenido ‘El Santo Sorbo’.

Estos ‘últimos personajes que en Soacha se les ha llamado ‘Ajumados’,y después de ingerir cinco o más jarros del Santo Sorbo, como podían, se subían al burro que, enjalmados o con angarillas, habían dejado amarrado a un poste, emprendían el regreso a su Vereda llevando a su hogar la sal y algunas panelas, adonde llegaban bien entrada la noche y, generalmente, dormidos. Pero, en algunos casos, el animal se detenía en la tienda donde indefectiblemente le fiaban al patrono. Oh sabiduría e inteligencia la de estos burros, siempre tratados tan mal.

Pero también, había un ajumado que llegaba a su predio después de sus amigos de viaje. Era aquel que iba en el burro más viejo y peor alimentado, pues desde la salida del pueblo y ya con su patrono dormido y envuelto en la gruesa ruana que siempre usaba, se dedicaba a comer toda clase de desperdicios que encontraba en el camino, algunos como hojas de periódicos, que es la razón por lo que, en muchos casos, los he llamados burros periodistas, como a uno que vive en mi antigua casa de la calle 14 de Soacha.

Finalmente, para esta ocasión, debo preguntar a los lectores de esta columna si recuerdan a Lucila Escobar, Rosalia Mantilla, Agripina Vásquez, Valeriano Cantor, Sagrario Escobar y Adelina Ruiz, entre otros. Y seguramente, la respuesta es que si, lo mismo que dirán si la pregunta es relacionada con la mazamorra chiquita. Pues entonces, ya vendrá una nueva comilona la próxima semana, cuando me hayan revisado el computador, que hoy ha presentado algunos fallos, en algunas letras y tildes, por lo que agradezco me disculpen.

Mil gracias a quienes a través de sus comentarios y correos me han expresado su complacencia por los recuerdos e historias de mi tierra a las que me he dedicado a través de www.periodismopublico.com

JOSE IGNACIO GALARZA M.

joseignaciogalarzajoseignaciogalarza@yahoo.es

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