Sobre la era del antropoceno

Leonardo Boff, teólogo, filósofo y ecologista
brasileño, con una vasta obra que versa sobre diversos temas, menciona en una
de sus columnas que le era del antropoceno inicia con el proceso de
transformación que el ser humano ha propiciado sobre la naturaleza desde el
final de su desarrollo evolutivo (2017), cientos de especies han desaparecido
desde que la humanidad ha logrado sobreponerse a la naturaleza, proceso que se
inicia cuando esta sale en un interminable éxodo desde África (Harari, 2014), tierra
cuna de la humanidad.

Sin embargo, dicho proceso de cambio se daba de manera
muy lenta, extremadamente despaciosa. Hace 7mil a 9mil años cuando surge la
revolución neolítica es que se evidencia cierto avance constante de las transformaciones
de los ecosistemas para la domesticación de plantas y animales, desde este
momento algunas especies dejan de existir, otras pasan a ser parte del grupo de
plagas, maleza y animales peligrosos (porque no cumplen una función para el ser
humano) y las más “privilegiadas” se convirtieron en foco de crianza para la
dieta y satisfacción de las necesidades humanas.

La vaca, el caballo, el pollo, el cerdo y la oveja
dejaron de ser animales salvajes para ser domeñados y convertidos en apetitosas
presas de alto consumo. El trigo, la cebada, el maíz, la papa y el arroz se
imponen sobre las otras especies vegetativas para complementar la abrumadora
dieta proteínica que el ser humano requiere. Pero con todo ello surgen otros
sistemas y procesos que han complejizado el desarrollo civilizatorio que la
humanidad ha obtenido; las ciudades, los imperios, las rutas de comercio
intercontinentales, las inmensas embarcaciones transoceánicas, las ciudades medievales
amuralladas, las fabricas, el automóvil, la aviación, la física nuclear y los
avances en la genética son el resultado de algo que inició en la revolución
neolítica, quizás con la primera  mujer u
hombre que se dio cuenta que con el germinar de una semilla se daban frutos,
multiplicando su simiente, iniciando el ciclo de control y modificación de la
naturaleza.

Este proceso nos ha catapultado a la cumbre de las
especies, a mirar de frente a los ojos de la diosa razón, pero todo ello
también ha conllevado a que el planeta y por esa misma senda la humanidad estén
en una seria crisis. Cada vez más son contantes los casos de extensas manchas
de petróleo posándose sobre los lechos marinos y cuencas hídricas de inmensa
biodiversidad, así mismo los ecos de los glaciares derritiéndose en los océanos
retumban con mayor frecuencia, con el riesgo inminente del aumento de los
niveles marinos y la desaparición de ciudades y ecosistemas costeros.

El último y más dramático caso es el de ver la inmensa región amazónica ardiendo; miles de hectáreas incineradas por el voraz fuego que podría asemejarse a lo que la humanidad ha ocasionado al planeta desde los tiempos adámicos, algunos llegan a asegurar que este ecocidio no tiene recuperación alguna, que  los impactos son irremediables, y que tendrían que pasar 200 años para que se restaure medianamente lo que se ha perdido con esta conflagración, misma que quizás no se compare con la de Sodoma y Gomorra para los que son adeptos del cristianismo, ni con el incendio de Roma en el año 64 d.c, o con el ocurrido recientemente con la catedral de Notre Dame, que entre otras cosas despertó más solidaridad económica y política que para con la amazonia, sin embargo, la segunda presta muchos más servicios ecológicos a la humanidad, si lo reducimos a ese aspecto: el de prestar un servicio.

El ser humano ha demostrado que la creatividad y el
ingenio pueden servir para generosas y benéficas obras, pero también dicha
capacidad de razonar lamentablemente ha estado al servicio de la destrucción,
si se quiere asumir el asunto desde una perspectiva maniquea. La razón humana
debe encaminarse por una senda ética y trascendental que la lleve a comprender
que si no hace algo la última catástrofe podría llegar.

Para ello Angel Maya (2002) y muchos otros autores sobre filosofía ambiental han propuesto que indiscutiblemente hay que cambiar el sistema cultural, lo que implica cambiar los modos de producción y de consumo, pero no sólo eso (pues sería una lectura muy reducida del asunto), hay que cambiar la visión humana de pensar que la naturaleza debe ser modelada y sometida a las necesidades humanas, hay que entender que las demás especies vivas pese a que no se parezcan a nosotros poseen unos lazos de hermandad, así haya que acudir a la genética para constatarlo, hasta con una simple bacteria compartimos genes, y es a partir de ello que se debe originar un despertar de la conciencia, despertar que permita generar la gran reconciliación planetaria. Por todo ello, acudo de nuevo a Boff (2017) cuando argumenta que a la era del antropoceno hay que construir la era del ecoceno, en la que la especie humana se quite la venda de la arrogancia y la indiferencia para poner la creatividad y la razón al servicio de la preservación de la vida en todas sus manifestaciones.    

Julio Guasca

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